Mirar nunca ha sido un acto neutro. Mirar implica posicionarse frente al mundo, organizarlo, interpretarlo y sentir un cierto dominio sobre él. La visión ha sido una vía privilegiada para acceder al conocimiento, pero quiero señalar que, en la actualidad, esta primacía visual parece haber alcanzado un punto de saturación. Vivimos rodeados de imágenes, estímulos y narrativas simultáneas que atraen nuestra atención de manera constante. Todo lo que ocurre al mismo tiempo se muestra, y nos sentimos compelidos a consumirlo.
Esta característica
de nuestra cultura actual me hizo pensar en el cuento “El Aleph” de Jorge Luis
Borges.
En el cuento “El
Aleph”, publicado en 1949, el narrador mantiene una relación ambivalente con
Carlos Argentino Daneri, un poeta mediocre obsesionado con escribir una obra
literaria que abarque la totalidad del universo. Daneri le revela la
existencia, en el sótano de su casa, de aquello de lo que se va a valer para
lograrlo: el Aleph, un punto del espacio donde pueden verse simultáneamente
todos los lugares y cosas del mundo desde todos los ángulos posibles.
El
narrador desciende a ese sótano, contempla el Aleph y tiene una experiencia
inquietante: una visión absoluta, cognitiva y emocionalmente imposible de
contener, que lo desborda.
Daneri describe el
Aleph como “uno de los puntos del espacio que contienen todos los puntos”. En
ese punto microscópico se concentra la totalidad de lo visible: paisajes, actos
humanos, recuerdos, pensamientos, objetos, movimientos del tiempo. La experiencia
es absoluta.
El narrador
experimenta su incapacidad humana para asimilar esa totalidad y lo explica
señalando: «Lo que vieron mis ojos fue simultáneo; lo que transcribiré,
sucesivo, porque el lenguaje lo es».
La
frase revela un límite fundamental: la totalidad desborda al sujeto. Verlo todo
podría parecer que nos ilumina, pero si es en exceso, puede abrumar,
desorganizar, inquietar.
La enumeración
interminable de lo visto —mares, multitudes, objetos mínimos, memorias íntimas—
hace que nada destaque sobre nada; todo tiene el mismo peso. En ese exceso, el
misterio y el asombro desaparecen, porque la sorpresa requiere siempre una zona
de desconocimiento. Borges nos muestra que conocerlo todo puede convertirse en
una maldición más que en un don.
Daneri utiliza el
Aleph con la finalidad de escribir un poema enciclopédico que abarque el
universo entero. No llega a tener la experiencia emocional del narrador, ya que
su mirada es instrumental, dominada por el narcisismo. Ve, pero no habita la
experiencia más allá de su ambición. El narrador, en cambio, experimenta el
Aleph desde el asombro, conmovido por la emoción inquietante. Nos cuenta que lo
visto excede su comprensión y la posibilidad de expresar lo infinito con el
lenguaje.
Me voy a permitir
asociar la relación aquí planteada, entre la percepción absoluta y el límite
humano, con la temática de otro relato de Borges: “Funes el memorioso”. En este
cuento, Borges narra la historia de Ireneo Funes, un joven uruguayo que, tras un
accidente, adquiere una memoria perfecta capaz de recordar absolutamente cada
detalle de su vida y de la realidad: cada hoja de un árbol, cada nube, cada
instante vivido. Sin embargo, esta capacidad extraordinaria se convierte en una
condena. Funes no puede abstraer ni generalizar, porque cada cosa es para él
única e irrepetible. Su percepción total lo paraliza intelectualmente y lo
aísla del mundo; esa memoria infinita no le permite pensar.
En
ambos relatos encuentro que Borges nos revela la limitación humana, no como una
carencia, sino como una condición necesaria para el pensamiento, la creatividad
y la experiencia emocional. El olvido aparece como posibilidad.
Hoy vivimos una época
en la que las redes sociales, las noticias globales, las imágenes, los videos,
la publicidad y el entretenimiento, todo factible de acceso en forma constante
y simultánea, generan una experiencia que podría asemejarse a un Aleph. Pero lo
que Borges imaginó hoy como experiencia
única en su cuento no es algo
excepcional, sino que se ha vuelto cotidiano y fácilmente accesible. Ya
no está en el sótano de Carlos Argentino Daneri, sino en nuestros bolsillos. Y
esta diferencia es inquietante.
Además, en el cuento
de Borges todo lo que se ve es verdadero; en cambio, en el presente digital
vemos todo, pero ya no sabemos qué es real. La saturación informativa rodeada
de noticias falsas, versiones contradictorias, narrativas manipuladas, nos
provocan lo que se llama colapso epistemológico. Es decir que vivimos un exceso
de información equivalente a un exceso de duda.
Vivimos en un estado
de desborde continuo. No hay tiempo para elaborar, jerarquizar o procesar
simbólicamente lo percibido. De este modo, vemos mucho, pero sentimos y
analizamos críticamente poco. Sabemos mucho, pero comprendemos menos.
De todo este
recorrido sobre la mirada me pregunto: ¿cómo seguir mirando sin desaparecer
como sujetos?
Recordando lo que
planteaba en “El ojo y el capital” Remedios Zafra, quizás la respuesta no
consista en abrir más los ojos, sino en aprender a cerrarlos.
Hay otra referencia
literaria que abre otro ángulo: en “Axolotl” de Julio Cortázar, un hombre
visita repetidamente el acuario de un jardín zoológico y se obsesiona con unos
axolotes, criaturas que observa durante horas detrás del vidrio. Poco a poco,
la contemplación se transforma en identificación hasta que el narrador siente
que su conciencia se traslada al cuerpo de uno de los animales. De esta forma
vemos que desaparece la frontera entre sujeto y objeto: quien miraba ahora es
mirado.
Encuentro aquí, en
Borges y Cortázar, una pista para pensar nuestra época: ver todo en exceso nos
lleva a vivir un desbordamiento que nos anula, y mirar profundamente en exceso
también puede llevar a la disolución. Podríamos ubicar, entonces, la
subjetividad contemporánea oscilando entre estos dos extremos.
El cuidado estaría en
cerrar los párpados, no como negación de la realidad, sino como modo de
introducir un intervalo, un silencio, una pausa que nos permita volver a
habitar la experiencia para devolverle un lugar al sujeto frente al exceso.
Es un gesto poético, pero también ético y
político: es un modo de resistir a la lógica de la exposición constante, para
poder pensar.
Quizás esa sea una de las
tareas más urgentes del presente: recuperar la capacidad de no verlo todo, sino
de mirar sabiendo cuándo cerrar los párpados.
Lic. Mariela De Filpo Beascoechea
* Lic.Maríela De Filpo
Beascoechea Psicóloga, colegiada por el Colegio Oficial de Psicólogos de Madrid
Col M-18413. Mi centro de Psicoterapia Psicoanalítica está registrado como
Centro Sanitario, por la Comunidad de Madrid con el número de registro CS12527
y atendemos en Buenos Aires, Argenina, a Través de RED PIUQUÉN. En Bs.As en
colaboración con el Lic.Juan Walsh. Miembro de número de Ian -España y de la ex
Sociedad Fórum de Psicoterapia Psicoanalítica, perteneciendo a la Junta
Directiva de dicha entidad y al Consejo de Redacción de la Revista
Internacional de Psicoanálisis Aperturas Psicoanalíticas y Co-organizadora de
las Sesiones Clínicas de Forum en el Hospital Universitario La Paz, Madrid. He
ejercido mi profesión desde 1981: como Asesora de la Secretaría de Educación de
la ciudad de Buenos Aires, como Presidenta de la Mutual de Psicólogos, y como
miembro del equipo de contención al docente, en Hospitales Públicos, sistemas
de medicina privada en Buenos Aires, Argentina y en mi consultorio privado

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